Venus en el pudridero. Eduardo Anguita. Santiago de Chile, 1967.
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mientras un príncipe danza en vísperas de su coronación,
yo pienso en el gusano.
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Niño y anciano, en este instante tenéis la misma edad:
sólo un instante:
¿no habéis empezado?, ¿habéis terminado?
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El rey que tomó la ciudad
y con ella hizo una argamasa de sangre,
dejó el horror, dejó el escarnio;
las virgenes violadas están vivas, las viudas maldicen.
El rey murió. Un muerto es el culpable.
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Eres el pájaro azul oscuro y el verde de ojos rojos.
Tú eres aquello.
Y yo soy tú. Pero no al mismo tiempo.
—Upanishad Chandogya.
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Una bala disparada por un niño que te ama,
te mata.
La droga del médico que te odia,
te cura.
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Aquel filósofo que, para probar la honestidad de su doctrina,
citó a Mucio Scévola, cuando, testimoniándose, sobrepuso la mano en una llama.
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Hay amantes —los he visto— que, exasperados por rehacer su embriagante aventura,
retroceden con la mirada vuelta y se quedan sollozando en el mismo pórtico donde hace apenas unos dias ciñeron la dicha con sus cuerpos,
e inexplicablemente advierten que una sombra —exactamente la misma que refrescó antaño la vid— ahora helaba el brote de los besos.
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Y apenas te han dado el beso... y ya los labios de la moribunda se retractan.
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de la Guerra de Cien Años no queda ni un solo hombre,
pero todos los años!
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Hasta el mas rústico busca poseer la Belleza.
Si el gañán toma a la mujer por la cintura,
no deja la mano allí en reposo:
desciende a la cadera, y aquí,
tampoco permanece:
regresa a la cintura,
y en sucesivo y veloz movimiento
aprecia y acaricia
y cintura y cadera,
anhelando abarcar ambas
y aprehender, no una y otra,
sino su mutua proporción dorada:
5 es a 8, que a las dos torna bellas.
Seducidos, exasperados, no logramos
hacer nuestra la relación armónica.
Tú crees que es el cuerpo el que apeteces.
¡Gusano, son los numeros!
Amemos con furor, odiemos con vehemencia:
5 es a 8, 5 es a 8.. . rápido, rápido,
hagamos rnúsica y locura.
¡Te danzo, sección aúrea!
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La eternidad licúa sus zafiros.
Color del vino, resplandece el mar.
[...]
Una luz ya apagada vale lo que otra aun no encendida.
—Séneca.
Daréis lo no venido por pasado.
—Jorge Manrique.
¡Detente, bello instante!
—Goethe.