
Gracias, Toastmaster
Alguna vez se han preguntado ¿Qué es una buena vida?
Por ejemplo, la generación Z asocia la felicidad con la fama. En algunos países, más de la mitad de los jóvenes desean ser influencers. Otros desean ser millonarios, 40% en México. Quizá los que somos mayores responderíamos que la felicidad implica éxito profesional, estabilidad económica, salud. Pues bien, hoy quiero compartirles los resultados del Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, uno de los proyectos científicos más prolongados de la historia, una investigación que ha seguido a cientos de personas (en la actualidad son miles) durante ochenta y siete años. Comenzó en 1938 siguiendo la vida de jóvenes de contextos muy distintos: algunos privilegiados, otros creciendo en la pobreza. A lo largo de estas décadas, se han recopilado datos médicos, entrevistas profundas, historias de vida, de éxitos y fracasos, buscando responder básicamente una pregunta ¿qué nos empuja?, ¿qué nos mueve?. Al final, se obtuvieron respuestas a otras preguntas, que sorprendieron a muchos.
Tal es la base del libro La buena vida, de Robert Waldinger y Marc Schulz, actuales directores del estudio. Y la conclusión central del libro es tan simple como disruptiva: la buena vida se construye,
- No con fama.
- No con dinero.
- No gracias a un alto coeficiente intelectual.
- No con grados académicos.
- Sino con calidad en nuestras relaciones humanas.
No fue una sorpresa que las personas que tenían relaciones más cálidas fueran más felices. La sorpresa fue que las personas que tenían relaciones más cálidas se mantuvieron físicamente más saludables a medida que envejecían. ¿Qué tienen que ver las relaciones con la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2 o sufrir un infarto cardiaco?
El libro explica cómo las personas que llegan a la vejez con mayor bienestar son las que han sabido cultivar y mantener vínculos significativos: con parejas, amigos, familia, compañeros de trabajo. Y no se trata de la cantidad de relaciones, sino de su profundidad y significancia.
Y es que las relaciones actúan como un escudo protector frente a la vida. Los vínculos sólidos nos permiten enfrentar mejor el estrés, nos recuperamos antes y mejor ante las crisis y, algo sorprendente, las relaciones nos permiten envejecer con mayor claridad mental. La soledad, en cambio, puede resultar tan dañina para la salud como fumar una cajetilla al día.
Un concepto clave, y muy poderoso, es que una buena vida no es un destino, sino un proceso. Una buena vida es una práctica diaria de nutrir relaciones. Buena condición social, le llaman los autores. La rutina diaria consiste en: escuchar con atención, expresar gratitud, pedir perdón, estar presentes. Nuevamente: escuchar con atención, expresar gratitud, pedir perdón, estar presentes. Repita varias veces al día. Alerta contra el concepto de tiempo de calidad. Las relaciones requieren tiempo a secas, no un poco de tiempo en un buen restaurante, o una ida a jugar gotcha cada mes, o ir a la ópera al inicio de cada temporada. Se requiere estar ahí, en esas noches de resfriado, en esos días caóticos, en esas tardes aburridas. Proximidad. Porque también eso es la vida.
El libro derriba otro mito muy común: la idea de que primero debemos “arreglar nuestra vida” —lograr éxito, estabilidad, tiempo libre— para luego invertir en relaciones. Primero tendré ese trabajo, para después casarme. En cuanto sea millonario, empezaré a ayudar a la gente pobre. La evidencia muestra exactamente lo contrario: son las relaciones las que nos dan la fuerza para enfrentar los desafíos y encontrar sentido, incluso en la mas abyecta de las situaciones.
Y aquí viene una de las ideas más esperanzadoras del libro: nunca es tarde. El estudio muestra que personas que fortalecieron sus vínculos en etapas tardías de su vida mejoraron significativamente su bienestar. No importa la edad ni los errores pasados; siempre podemos elegir reconectar. Vean Un vecino gruñón, con Tom Hanks. Expresa perfectamente bien este pasaje.
Este libro nos deja una invitación clara. Nos recuerda que, en un mundo obsesionado con la productividad y la ganancia, con las novedades y el disfrute, el verdadero éxito se mide en algo más silencioso: ¿A quién llamamos cuando necesitamos consuelo?, ¿Quién está ahí para escucharnos?, ¿Con quién compartimos nuestra vida tal cual es?
Si la buena vida se construye con buenas relaciones, entonces cada conversación importa, cada gesto cuenta, cada detalle tiene significado.
Así que para terminar, quiero invitarte a que visualices a una persona presente ahora en tu vida, o quizá de la que te hayas alejado, y piensa en un pequeño detalle que puedas tener hacia ella para profundizar o reconectar ese vínculo que los une: una llamada, un abrazo, una cerveza, invítala a bailar o regálale un buen libro. Algo sencillo.
Porque al final, como nos enseña The Good Life, una vida bien vivida no se recuerda por lo que acumulamos, sino por lo que compartimos.
Muchas gracias, Toastmaster. Te regreso el uso de la voz.
































